La discapacidad visual representa un importante desafío de salud pública a escala mundial. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), al menos 2.200 millones de personas tienen dificultades para ver de cerca o de lejos, mientras que en al menos 1.000 millones de casos el problema pudo prevenirse o permanece sin atención.
Frente a esta realidad, los avances tecnológicos incorporan herramientas que pueden contribuir a mejorar el acceso a información visual, especialmente entre quienes presentan baja visión. Una de ellas son los lentes inteligentes con inteligencia artificial, capaces de leer documentos, reconocer determinados objetos, describir fotografías y responder preguntas mediante instrucciones de voz, dependiendo de las funciones disponibles.
La doctora Rosario Espinoza, especialista en baja visión, señala que estos dispositivos pueden ayudar a identificar elementos del entorno, interpretar indicaciones y desarrollar algunas actividades diarias con mayor autonomía. Su funcionamiento combina cámaras y sistemas de procesamiento de imágenes que transforman la información captada en mensajes de audio.
Sin embargo, sus posibilidades tienen límites: las respuestas pueden variar según las condiciones ambientales, las características del equipo y las necesidades particulares de cada persona. Además, la inteligencia artificial no siempre identifica correctamente los elementos de una escena.
La baja visión, por su parte, comprende una disminución importante de la capacidad visual que persiste incluso después del tratamiento médico o quirúrgico y de la mejor corrección óptica disponible; puede dificultar la lectura, el reconocimiento de rostros, la identificación de obstáculos y la movilidad en espacios poco iluminados, sin significar necesariamente una pérdida total de la vista.
En ese contexto, la OMS calcula que más de 2.500 millones de personas necesitan una o más tecnologías de asistencia, cifra que podría superar los 3.500 millones en 2050. La especialista sostiene que los recursos tecnológicos deben seleccionarse de acuerdo con cada paciente y pueden integrarse en programas personalizados de rehabilitación, pero nunca reemplazar los controles oftalmológicos ni los tratamientos indicados.
