No hay hora ni frontera para el fraude. El timbre de un celular puede ser hoy la puerta de entrada a una estafa. Desde números que comienzan con +1 o +93, llamadas que se cortan al instante, o voces que imitan a operadores bancarios, los delincuentes digitales han encontrado en la distancia su mejor disfraz.
El fenómeno crece. De acuerdo con Truecaller Insights, cada peruano recibe unas 18 llamadas no deseadas por mes, y más del 55 % ya prefiere ignorarlas. En paralelo, Ipsos advierte que muchas provienen de números internacionales falsos que suplantan a empresas reconocidas.
El experto en ciberseguridad Pablo García, de TIVIT, sostiene que la amenaza se amplifica con la inteligencia artificial: “Ya no se trata solo de acentos falsos, sino de voces clonadas que suenan tan naturales como un ser querido o un ejecutivo real. Es una trampa emocional más que técnica”.
Existen dos mecanismos principales: el vishing, que busca información personal bajo pretextos convincentes, y el wangiri, que invita a devolver una llamada perdida, generando cargos o abriendo la puerta a nuevos ataques. Ambos juegan con el impulso humano de responder.
García recomienda actuar con escepticismo: no contestar ni devolver llamadas extranjeras, nunca compartir contraseñas ni códigos, y verificar con la fuente original antes de cualquier acción. Además, activar la autenticación de dos factores y educar al entorno familiar puede marcar la diferencia entre la seguridad y la pérdida.
La educación digital es hoy el escudo más eficaz. En un mundo donde las estafas se disfrazan de conversación, pensar antes de contestar se ha vuelto un acto de defensa personal. El silencio, a veces, es la respuesta más inteligente.
