El crecimiento acelerado de los pagos digitales está redefiniendo las exigencias tecnológicas del sistema financiero. Durante la primera mitad de 2025, cada adulto efectuó en promedio 1,6 operaciones digitales al día en el país, según cifras del Banco Central de Reserva del Perú, lo que refleja la creciente dependencia de los servicios financieros en línea.
A nivel global, esta tendencia continuará intensificándose. Las proyecciones de PwC indican que las transacciones electrónicas podrían aumentar en un 61% hacia el final de la década y superar los tres billones de operaciones, consolidando el papel central de la infraestructura digital en el sistema financiero.
Este avance tecnológico exige plataformas capaces de operar sin interrupciones. La adopción de inteligencia artificial y automatización —utilizadas por aproximadamente el 75% de las empresas en América Latina según IBM— está incrementando la complejidad de los entornos tecnológicos que sostienen la actividad bancaria.
En este contexto, los centros de datos se han convertido en el núcleo de la banca digital, al albergar los sistemas que permiten procesar transacciones, gestionar identidades digitales y mantener disponibles los canales de atención.
Sin embargo, esta infraestructura también se ha transformado en un objetivo prioritario para los ciberdelincuentes. El informe X-Force Threat Intelligence Index 2025 señala que el sector financiero concentra el 33% de los ataques cibernéticos registrados en América Latina, con un elevado porcentaje de incidentes orientados al robo de datos sensibles.
Las consecuencias de estas vulnerabilidades pueden ser significativas. El costo promedio de una brecha de datos en la región alcanzó los 2,51 millones de dólares durante el último año, lo que evidencia el impacto financiero de las fallas de seguridad.
De acuerdo con Guillermo Bustamante, especialista de Gtd, la continuidad operativa es crítica para las entidades financieras. Una interrupción breve en los sistemas puede afectar miles de operaciones y generar consecuencias tanto económicas como reputacionales.
Las incidencias más frecuentes incluyen fallas en plataformas transaccionales, problemas de conectividad, interrupciones en el suministro eléctrico y ataques cibernéticos dirigidos. Cuando estos eventos se presentan, los sistemas centrales del banco —como los de autenticación o procesamiento de pagos— pueden quedar comprometidos, lo que detiene la actividad digital.
El resultado inmediato es la imposibilidad de que los clientes accedan a sus cuentas, realicen transferencias o utilicen aplicaciones financieras, generando un impacto directo en la experiencia del usuario.
Más allá de la interrupción técnica, el mayor riesgo radica en la pérdida de confianza del público. En un entorno donde la banca opera de manera permanente, los clientes esperan que los servicios digitales funcionen con altos niveles de seguridad y disponibilidad.
Por ello, la calidad de la infraestructura tecnológica resulta determinante. Según la consultora Mordor Intelligence, el 61% de los centros de datos inaugurados en América Latina durante 2025 alcanza niveles de disponibilidad cercanos al 99,98%, una cifra que refleja el esfuerzo de la industria por reducir interrupciones.
Especialistas del sector coinciden en que un centro de datos diseñado para operaciones financieras debe integrar redundancia eléctrica, conectividad resiliente y sistemas de recuperación ante desastres, junto con una estrategia integral de protección digital.
No obstante, la resiliencia organizacional también depende de factores humanos y de gestión. Fortalecer la gobernanza, mejorar los procesos internos y capacitar al personal resulta clave para anticipar amenazas y sostener la continuidad del negocio.
En un ecosistema financiero que funciona las 24 horas del día, la capacidad de prevenir incidentes y mantener los sistemas operativos de forma ininterrumpida se ha convertido en un factor decisivo para la competitividad del sector.
